sábado, marzo 31, 2007

Mi violencia querida, nunca te voy a olvidar

La ola de violencia desatada en Monterrey ha ido en una espiral ascendente que ya invadió la tranquilidad de las casas. Orgullosa de su progreso, de la belleza de sus mujeres y su alto estatus moral -al menos pregonado por las altas clases sociales-, la ciudad se encuentra ahora sumida en la violencia. Si bien, todos se quieren limpiar las manos al argumentar que los tantos y tantos descabezados, los ultimados a un lado de la carretera, los ministeriales asesinados en el interior de sus carros y los pintores ultimados afuera de una casa, que todo eso, es obra del narco, ajustes del narco, cosas que son del narco y de las que es mejor no meterse.
Pero lo cierto es que dejar la mecha prendida, ayuda a que otros incendiarios se cuelen. Algo de esto, sin embargo, no sólo tiene qué ver con los ajustes del narco sino con la educación sentimental de la ciudad y el espíritu bronco del norte. Durante mucho tiempo, la nota roja ha sido la delicia de la sociedad regiomontana, no hablo de aquella que tiene sus miradas puestas en parecerse a San Antonio o en casar a su hija con un gringo; sino de la gente común y corriente, ávida por conocer y leer sobre los muertos de la noche anterior.
El Sol, y El Extra, semanarios de los grupos Reforma y Multimedios Estrellas de Oro, antes de que éstos se convirtieran en los gigantes de hoy, eran los periódicos más leídos, con el tiraje más grande y por lo mismo, con las mejores ganancias. Su especialidad eran los encabezados: matan a hombre con piedra, le suelta cinco balazos, descubre a su mujer con su amasio y lo ultima, se lo lleva el camión, eran las cabezas predilectas de esos periódicos. La sangre vendía. Junto con estos vespertinos, existía otra revista de amplia venta entre la gente: El Alarma. Esta revista llegaba hasta el límite del amarillismo. Cuerpos partidos en dos, destrozados sobre las planchas de los anfiteatros, manos perdidas entre las vías del tren, cabezas partidas por dos eran las mejores medallas gráficas (las fotografías) que apuntalaban el gusto por lo grotesco.
Siguiendo con este orden, tampoco es de sorprender que el libro más vendido en la ciudad sea El crimen de la calle de Aramberri, escrito por el autor regiomontano Hugo Valdés Manríquez. Más allá de la calidad de la obra, novela policiaca sugerente, acaso la inauguradora del género negro en Monterrey, y en su tiempo elogiada por el mismo Carlos Fuentes, la obra encontró una rápida acogida en la ciudad porque también retrataba la violencia nuestra. Siempre es bueno saber a quien mataron en el lugar donde vives, es parte de tu historia y tu tradición.
En Monterrey, como en otras partes, también se ama la violencia. Medios, historia, corridos y canciones de Piporro que se han arraigado en el marco de la tradición, nos han enseñado a valorar a quien mata a otro, a quien se defiende asesinando al otro. Porque el norteño es así: franco, no perdona las ofensas, no permite que nadie habla mal de él y ensucie su nombre ni que nos ganen el mandado. Y si lo hacen, sólo hay una forma, quebrarlos, bajarlos, romperlos, chingarlos. Es parte de nuestra cultura, un patrón que se repite desde los grandes empresarios que acaban con las empresas de los otros hasta el par de afanadores que en una tarde de borrachera no perdona que su compadre lo ofenda, y sale, y va a su casa y trae un zacapico y se lo deja caer al compadre. Y luego, con el cadáver fresco, todavía se sienta a terminarse la cerveza, otro de los orgullos regios, otra de las empresas regiamente establecidas.

viernes, marzo 30, 2007

Qué fácil nos es la indiferencia, pensé hace unos minutos cuando entraba por la boca del metro y vi a una anciana, encorvada, casi de un metro cuarenta de estatura. Ví cómo pasaba la gente a su lado y la anciana dejaba la mano extendida, sucia, agitada por los golpes que los demás le daban al pasar. Del otro lado estaba una chica con un bebé envuelto con una sábana blanca y colgado al pecho. Qué fácil no es la indiferencia, me dije y pasé de largo pero luego me detuve. Y volví. Le di 10 pesos a la anciana y otros a la mujer con el niño. Sus ojos valieron más que cualquier gratitud y después se apuraron, ambas, a guardar las monedas. Pensé que en el fondo, todos siempre estamos pidiendo algo: ¿quién vendrá a curarnos verdaderamente de nuestra mendicidad?

miércoles, marzo 28, 2007

A veces pienso en la gente que lee mis blogs (intuyo que los hay) y me pregunto cómo son.

¿Cómo son?

lunes, marzo 26, 2007

Por Rosario (post atrasado del Día Internacional de la Mujer)

Ella era una mujer que había pasado ya de los 40 años pero tenía en la mirada y el habla, la juventud que sólo puede dar la escritura. De pelo rizado y tez aperlada, Rosario iba, junto conmigo y otros, al taller de narrativa que Eduardo Parra tenía en la vieja Casa de la Cultura en Monterrey. Sus cuentos eran breves, chispas de luz, cerbatanas venenosas que hacían al lector crisparse no de terror, sino con esa chispa suave que provoca un buen texto. En sus cuentos había una visión nostálgica del campo. Sus relatos olían a pan de maíz, sabían a miel, tenía el profundo aroma de la tierra barbechada.
No pocas veces la corregimos, pero ella siempre volvía desde su casa lejana, en Marín, Nuevo León, todos los sábados hasta la casa de la Cultura a mostrarnos sus textos. Su esposo no la dejaba ir a veces y esos sábados el taller transcurría con su ausencia. De sonrisa fácil, recibía las críticas con pena, y también con pena recibía los elogios cuando llegaban. Se disculpaba por sus textos, pero todos los sábados volvía con un nuevo.
Recuerdo uno en especial, sobre el descubrimiento de la sexualidad de un chico en el campo. Después de ayudar a su abuela a desgranar el maíz, se va a una troje a traer unos ganchos y ahí, en la frescura de la troje, olorosa a tierra, café, maíz y miel, descubre una revista con una mujer desnuda, envuelta por una red de pescar y bajo la foto, la frase: "desata uno a uno los nudos que me rodean". La forma como Rosario logra ese texto habla de una ternura hacia la vida inexplicable.
Rosario murió un sábado de esos que iba al taller. Venía de la casa de la cultura y se detuvo en Soriana la fe a comprar el mandado. Al salir, un camión de la ruta 122 se iba a llevar a su hija pero Rosario saltó. Su hija se salvó pero ella no. Nunca he querido imaginarla en ese asfalto. Prefiero recordarla apenada porque alguien le decía que su texto era muy bueno. Prefiero recordarla cuando se reía en el taller o defendía sus ideas. Cuando se alejaba de la casa de la cultura para tomar un camión que dos horas y media después la dejaría en su casa donde ahora, tendría que preparar la cena.
Como bien dice Ofelia en su blog, ninguna mujer debería de ser olvidada. Yo, por Rosario, escribo esto, recordándola.

domingo, marzo 25, 2007

Identidad

Yo nunca he ido a Tijuana.
Aunque no sé por qué debería de ir.
Ni conozco Paris,
ni Barcelona
ni lo más selecto
de la comida en Asia,
ni he leído a Proust
y creo, nunca lo leeré.
Cada día que pasa
más me conformo
con todas las cosas que no seré.

En los ojos

Va José Kozer a la Fundación. Yo no estoy. A la hora que él habla con el resto de los compañeros, yo me encuentro detenido en el tráfico en Periférico Sur y La Paz, donde levantan unas poderosas columnas para un distribuidir. Pero, aunque no estoy, una amiga me resume la charla: hay ahora, en la literatura, demasiado artificio, estamos demasiado conscientes de qué es o no es arte. Y desde el tsuro donde voy, detenido a un lado de un camión que lleva cerdos al rastro, creo que es una muy buena frase. ¿Es impensable escribir sin querer crear arte? No, sin duda, no. No creo en la escritura automática, bonita, honesta. El que escribe, siempre quiere crear arte. Si no, no le veo el caso. Es algo que más tarde nos recordará Cristopher Domínguez, (quien se la pasa diciendo que ahora hay demasiados genios jóvenes y luego lanza una mirada irónica hacia nosotros).
Pero, escribir buscando el artificio tampoco debería de ser algo tan claustrante. Debería de ser, el destino, mas no el motivo. El motivo debería de ser cuando encuentras a un viejo que pide en la calle y extrañamente te duele el corazón al verlo. El motivo debería de ser una madre que se induce el aborto. El motivo debería de ser lo que nos sorprende de la violencia y la estupidez humana. El artificio, en cambio, debería de ser la técnica, cómo acomodar esa ola de sensaciones que se intentan mostrar. Pero estamos en una época ufana de sí misma. Ahora se buscan los artificios, no los motivos. Ahora, todos quieren ser pequeños genios (esos que cambiarán la escritura, el cine, la danza). Hay que buscar los motivos, creo. En cuanto a los genios: eso todo mundo lo sabe: siempre son segados, siempre caen antes de que muera el día, igual que el camión de marranos que va a mi lado y avanza lentamente y me miran los cerdos, algunos con cierta chispa en la mirada, otros con cierta abulia. Y pienso, sin saber que escribiré sobre motivos y artificios, sin saber que José Kozer dice: "hay ahora, en la literatura, demasiado artificio, estamos demasiado conscientes de qué es o no es arte", que todos los hombres deberíamos de ver de vez en cuando los ojos de un marrano. A veces, sin duda, nos sentiríamos reconocidos.

Ley del aborto

Es impensable que, para iniciar este breve artículo, haga mención a una frase de SpiderMan y al mismo tiempo, una analogía con la serie Gundam Destiny. Pero, los haré. La vida del heroe arácnido se basa no es sus poderes, mero escape de la medriocridad fìsica, sino en la frase que el tío Ben le dice y que es su legado y nuestro legado: "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". En cambio, la analogía con la serie Gundam Destiny, tiene qué ver con la problemática principal de la historia: el derecho de que cada uno tome sus propias decisiones.
Enlazada ambas, creo, se da un marco no ideal, pero sí aproximado de los transfondos de la Ley del aborto que se votará en días próximos en la Asamblea del Distrito Federal, misma que a cada rato da pasos agigantados para empatarse con los grandes avances jurídicos para las minorías, avances hace mucho tiempo conquistados en las principales democracias del mundo.
Hablar del aborto, a favor o en contra, presupone una serie de delicadas cuestiones que van más allá del moral o el de la ley. ¿Existe el aborto en la ciudad de México? Sí. ¿Existe el aborto clandestino? Sí. Sólo basta perderse en las colonias más peligrosas para oler en clínicas desvencijadas el rastro certero del bisturí. Hasta ahora, el aborto ha sido despenalizado en muchas cuestiones: por violación, por bajos recursos, por motivos de salud, en casos de vida o muerte de la madre, etcétera. El único caso no despenalizado es el de inseminación no deseada. Es decir, el de inseminación después de una noche de copas o por equivocación en la regla, como dice Franco de Vita en su célebre canción, "no basta".
La gente que defiende la ley dice que ayudará a que los abortos sean llevados por los mejores médicos, en las condiciones más salubres posibles. La gente que va en contra del aborto, aboga por la ley de la vida, por defender ese único momento donde el ser humano es más indefenso. Creo que ambas tienen una visión que se complementa y ambas deben de ser defendidas. Presuponer que el aborto inducirá a una sexualidad sin freno, porque existe el aborto para no llevar problemas, aduce también a pensar que la mayoría de la gente se sentiría más relajada porque ya pueden abortar, pero al mismo tiempo, darle cauce a la ley, implicaría dar una lección equivocada sobre las libertades del bisturí. Ambas necesitan una acotación, un freno.
Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, le dice el tío Ben a Peter Parker. Un hijo conlleva una gran responsabilidad moral y física. No creo que la mayoría de las mujeres asista al aborto con toda la felicidad del mundo. Y veremos que incluso, con la ley aprobada, tendremos cada vez índices más altos índices de madres solteras; porque en el fondo, en la sociedad mexicana, no nos han enseñado a matar. Y con la ley del aborto, se legalizaría algo que se hace a escondidas, se podría llevar un régimen, un listado, ayuda piscológica. Se tendría, en la mejor utopía, una verdadera sanación psicológica, un tratamiento en las no-madres; porque un aborto, sea por ignorancia, miedo o desesperación, puede ser, en diversas circunstancias, entendible en sus causas (no hablo de sus condenas), pero dos, sí sería ya un vuelta inelubible de la muerte.
Al final, como dice en la serie de Gundam: todos tenemos derecho a escoger qué hacemos con nosotros mismos, incluidas mujeres embarazadas o no; pero, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Una muerte, también, nunca desaparece de la memoria. Y, sí aún así se insiste en buscarla, al menos debería de existir las mejores herramientas para que no vuelva a ocurrir.

jueves, marzo 22, 2007

Apaxco

Es un largo camino para llegar a Apaxco. Zumpango y otros pueblos con harta ascendencia náhuatl aparecen en el camino. Desde camiones con forraje hasta una sex-shop a un lado de una iglesia, el camino se torna macondiano, pero también rulfiano: árboles inmensos y roquedales se extienden lejos del asfalto. Vengo a Apaxco de Ocampo a presentar Dejaré esta calle. Me parece sorprendente hasta dónde me ha llevado la escritura de ese libro. Lo sorprendente es ver, a un lado de la presidencia municipal, una inmensa estructura de cemento y vidrio: el Museo Arqueológico de Apaxco. ¿Hay un museo aquí? me pregunto. Sí, sí lo hay. Rojo, cuadrado de dos plantas, el Museo se enseñorea sobre la colina donde se levanta la ciudad. A lejos nos llega la visión blanca de las fábricas de la cementera. Me cuenta Ignacio, quien me lleva y me trae por las calles y fondas de la ciudad, que hubo una huelga muy importante y ahora, menos apaxqueños trabajan en la empresa.
Sin embargo, la presencia alba de las torres da muestra de la solidez de la empresa. ¿Sale muy cara la noche en Apaxco? No, no, saldrá en 100 pesos. Y me arma el tour: los viernes se pone el mercado, a veces hay concursos de bailables regionales, a 45 minutos de distancia se encuentran las pirámides de Tula, y hay aguas termales en una ladera. Una ocasión perfecta para el turismo. Apaxco, Ixtapan, todas esas poblaciones a las que nunca pensé llegar. ¿Por qué ese cuento tiene mucho sexo?, me pregunta una alumna del CBT al que fui a leer. No sé qué contestarle, tal vez lo básico: es que todos somos sexo, y a la edad que tienen, es más sexo que nada. Pero la chica hace un mohín y el resto de la charla se la pasa abúlica, se muerde la uñas, le toma las manos al novio que está al lado y que, al igual que ella, sólo se le ve el apuro para que termine la charla, mientras los otros compañeros se ven animados y me piden que les lea otro cuento. Cuando termino tengo hambre. En un rato más, sigue la otra presentación.

martes, marzo 13, 2007

Si lo permitimos nos van a acabar.

En uno de los números pasados de la revista Proceso, aparece un reportaje sobre la violación que 20 militares infligieron a sexo servidoras en el bar El Pérsico, ubicado en el norteño municipio de Castaños, en el estado de Coahuila. El reportaje habla también de cómo mantuvieron al filo de la navaja al resto de los parroquianos y otras mujeres, mientras los militares, armados y presumiblemente en servicio, se disponían a satisfacer sus necesidades sexuales.
La nota dio pie a restricciones. El obispo de Saltillo, quien tomó bajo su vigilancia en seguimiento a esta violación, manejó la información en todos los medios y en muchos medios estuvo callado. Ahora, ese mismo Obispo, Raúl Vera, ha recibido amenazas para que termine esta cacería de brujas. La noticia sólo se mantendrá en el aire un par de horas, acaso unos días y desaparecerá.
Lo preocupante del caso es que las televisoras y noticieros, sólo se preocupan por la información mientras valga, mientras esté caliente. Los noticieros son los mejores exponentes de la fragilidad humana porque, una vez que la noticia desaparece, su protección también. Yo me pregunto, en ese sentido.
¿Qué le harán al obispo de Saltillo? Nada, seguramente, pero, ¿qué le harán a estas mujeres?
¿Qué pasará con los robos a la estación Fénix de la delegación Cuahtemoc, robos perpetuados por el propio delegado, según las investigaciones?
¿Qué pasará con ese pobre biólogo que se queja por la destrucción del manglar en Quitana Roo?
¿Qué pasará con el cuñado incómodo, Hildebrando, que en menos de 100 días de gobierno de su cuñado, Felipe Calderón, ya se ha agenciado más de 3 millones de pesos?
¿Qué pasará con ese dinero con el que financían el gobierno legítimo de López Obrador?
Como siempre, el atropello. Ante el poder de los pcos está la gran indiferencia de los muchos.

Bien lo sabía Chamfort

"Vivirás pobre y muy dichoso de ver tu nombre citado algunas veces; se te acordará, no una consideración real, sino algunos miramientos halagadores para tu vanidad; se satisfará el amor propio que conviene a todo hombre de sentido. Escribirás, harás versos y prosa, por lo que recibirás algunos elogios, muchas injurias y algunos escudos, mientras te esperas a que puedas atrapar alguna pensión de veinticinco Luises o de cincuenta, que será necesario que disputes a tus rivales arrojándote en el fango como el populacho en las distribuciones de dinero que se hacen en las fiestas públicas."

Bien lo sabía Chamfort. Yo ya me he arrojado. Pronto se abre otra vez, la temporada de becas.

domingo, marzo 11, 2007

49 mil millones de dólares

La ciudad está anegada. La lluvia gris se pega a todo. El tráfico en Monterrey y Viaducto es una oruga metálica con piel de vidrio. El taxista cambia de estación y yo lo miro un tanto aburrido, en este viernes que parece no terminar nunca. Al fin, sintoniza un programa de discusión donde se habla del tema de moda: los 49 mil millones de dólares de Carlos Slim.
Mientras pasamos la joroba de viaducto, la locutora dice que, lo importante de esta cifra, no es que Slim sea multimillonario, qué va, en más, qué bueno por él, lo importante es que define de una forma u otra el estilo de la economía mexicana.
Y el taxista y yo la escuchamos dándole la razón mientras tratamos de desembarazarnos del tráfico metiéndonos entre las calles de la Roma sur.
-Eso está bárbaro, ¿verdad?
-Sí... 49 mil millones de dólares es algo que no puedo ni imaginarme.
-Ni yo.
Después hacemos silencio.
-Y yo que me sentía bien porque me acabo de comprar otro taxi -insiste con la charla el conductor y noto cierto desgano en su frase.
-Yo me sentía contento porque fui al cine y comí palomitas.
Lo entiendo. Saber que no tienes 49 mil millones de dólares te puede causar un gran vacío en el estómago. Uno tiene que aprender a vivir con la riqueza de las cosas pequeñas.

Surreal

Ultimamente, cuando asisto a talleres literarios, siento que entro en un espacio donde lo surreal ocurre. Si la creación, ya es de por sí, un evento inesperado, inexplicable, la revisión de esa creación empieza a ser para mí, parte de un cadáver exquisito, terreno fertil para una dalíada, germen o turba para la combustión de un espacio onírico, digno de cualquier poema de Bretón. Entonces los asistentes al taller se tornan máscaras y sus palabras ganchos, anzuelos, todo menos la lisura de un teléfono que se descuelga de lo alto de una maceta.
Me parece sorprendente cómo los otros asisten a la crítica del cuento con sus mejores armas y con sus puntos de vista siempre, tan disímiles al del autor. Lo surreal ocurre desde la imposición del texto. ¿Por qué, alguien que escribe, presenta su texto ante otros que no tuvieron, ni tendrán, los motivos que tuvo el autor para escribirlo? Lo surreal continúa, acaso, cuando este autor empieza a modificar puntos y comas a partir de la lectura del otro. Temo que un autor se hace autor en la medida que deja de escuchar esas voces, en la medida que se deja de guiar por esas luces brillantes que sólo conducen, a veces, al fin de la oscuridad de la pista.
Mientras no lo hace, está a merced de los otros, de ese surrealismo puro, casi dantesco de que otros, después de escuchar la frase: "por el río bajaba un aire frío", puedan expresar más de veinte minutos de charla sobre ese cuento o esa frase. Da terror ir a un sitio donde un cuento pesa, en tiempo, quince minutos pero en críticas, no menos de una hora.
¿Es que acaso todos queremos ser escuchados?

viernes, marzo 09, 2007

La paz feliz de los aficionados Pumas

Los medios de comunicación, los futbolistas, la afición puma se siente agraviada por la penosa acción de la directiva de los Rayados del Monterrey, al prohibirles el acceso al estadio Tecnológico para el partido del fin de semana pasado, entre los alicaídos rayados y los medianos pumas de la universidad. La nota habla del racismo, de la barbarie, de la xenofobia regiomontana hacia todo lo que huela a defeño. Aficionados, directiva, jugadores son una paño de lágrimas: un aquí me tocó sufrir.
A mí me basta sólo una acción de esa afición puma, específicamente de las barras, para de entrada, no irme en contra de la directiva del Monterrey. No hablo de los desmanes en el estadio Luis Pirata Fuente, ni en el estadio Huracán. Hablo de algo que vi en un partido en ciudad universitaria, otro rayados contra pumas.
El partido va 2-0 favor los Rayados y las barras, en la zona de pebeteros, está molesta. Al medio tiempo se arma la gresca. Las familias, con niños de cuatro o cinco años, son los primeros en correr hacia las mallas que delimitan las gradas generales, con la cabecera donde normalmente se acomodan las porras de visitante. Los niños se protegen, en cuclillas, bajo las piernas de sus padres quienes miran con desesperación el pleito a mitad de las gradas. La sensación marcial se extiende cuando más policías llegan de nuestro lado y se acomodan para cubrir las mallas. Un par de aficionados pumas de barras llega hasta la barra y nos lanza miradas de enojo, de un odio frío que se siente en la espalda. Y se quedan ahí, cazando.
Cuando el partido reinicia, algunas familias se cruzan a nuestras bancas y miran el partido. Después de una jugada de peligro por parte de los ryados, una aficionada regia que viene con la porra se levanta y da gritos de emoción y al instante, los aficionados pumas le mientan la madre. Algo empieza a ocurrir. Empieza un alboroto. Al rato vienen unos policias y se llevan a la chica. La vemos cómo la sacan del estadio y minutos más tarde, aparece una pandilla de seis aficionados pumas, con su dorado puma al pecho, los pelos largos, los gorros de bolivianos puestos. El líder, del otro lado de la malla, grita: vayan por ella, madreenla. Uno de la banda dice: pero es mujer. Y el líder insiste: qué me importa, vé y madréala.
Al final, no supe qué pasó con la chica regia, ni con la banda puma que sí, efectivamente se fue siguiendo el rastro de la sangre por las gradas. Fue mi única visita, hasta ahora, al estadio de c.u. Lo cierto es que, ante esta ola de violencia, específica en "esos aficionados pumas", todos hacen sólo noticia de un día. A nadie le importa, en realidad, la seguridad en los estadios porque todos saben que el día que les impongan mano dura, esos aficionados se irán contras jugadores y directivos, tal y como ocurre en otros países. Por eso, de entrada, yo no aplaudo por completo los retenes a los camiones pumas, pero tampoco, lincharé a la directiva que claro, tiene ahorita más problemas qué atender. Ser sotanero de la general, creo, es para preocuparse.
Ven pronto por un cuchillo para que me rebanes la cabeza.

lunes, marzo 05, 2007

España en el corazón

Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
¡Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

No hay día en España, donde no se aplique de nueva cuenta el racismo contra latinoamericanos.

viernes, marzo 02, 2007

Pushkin, Brodsky y Mandelstan

Pushkin murió después de un duelo, Brodsky, corrió mejor suerte, ya que murió en brazos del nobel, mientras que Mandelstan, el gran poeta ruso, exiliado en Siberia, el gran autor de los poemas contra Stalin, encontró la muerte en la pálida blancura de esas nieves, a las cuales, en un poema, pide que lo cubran.
Y pienso en Pushkin, en Brodsky y en Mandelstan mientras voy en el metrobus y me encuentro de golpe con tres lavacoches de barranca del muerto: Manuel, Daniel, Pedro. Pedro viene diciendo albures ante la sonrisa afectuosa de los otros. Pedro viene un poco borracho. El tufo alcohólico me llega de golpe cuando la gente me lanza contra ellos. Llevo en la mochila la lap top de O, llevo en la mano una película de futbol y en la otra una botella de agua. "Eh, compa, dame agua, no? pidePedro con el brillo almibarado en los ojos, un brillo que sólo el licor puede dar. Dudo un momento pero termino entregándole la botella de agua. A ver la película, dice Daniel y extiende la mano cuando se la entrego. ¿A tí te gusta el futbol? quiere saber Daniel. Sí, pero soy muy malo para jugarlo, le respondo. Yo le voy al América, dice Pedro después de limpiarse la boca y entregarme la botella.
Después, llegamos a los albures. Me siento extrañamente cómodo al platicar con los tres. La charla se desgrana con suma facilidad. Nuestras risas incomodan un poco al resto de los pasajeros, acostumbrados a la solitaria privacía que siempre se puede encontrar en cualquier vagón del metro o del metrobus. Hablamos de futbol, después de beisbol, de su jornada en barranca del muerto. Pedro me sigue albureando y yo resisto paciente y le contesto. Oye, este guey ya me agarró de bajada, le digo a Daniel quien sólamente sonrié.
Y pienso entonces en qué lejos puede estar la poesía de nosotros en ese momento, pero también, qué cerca está. Pienso en Pushkin huyendo con su amiga gitana del ejército del zar, pienso en Stalin, preguntándole a Brosky si en realidad Mandelstan es un gran poeta. Respuesta que pende como una espada de Damocles sobre el cuello del poeta. Pienso en Maldelstan, otro de los grandes poetas rusos masacrados durante el régimen de Stalin, bautizado por el mismo Mandelstan, "el pequeño cosaco", aterido en una celda en Siberia. Y Pedro me sigue albureando y en un arranque poetoso, les digo que conozco la historia de un poeta que murió en Siberia. Y al instante los tres se callan, me miran con aire curioso, adoptan una postura distinta. El mismo Pedro se caya por un momento, sonríe y me dice: pues a qué te de dedicas. Y le respondo: a escribir. Entonces no estás tan guey, dice Daniel y me sonríe. Y yo: A, eso quisiera. Les cuento brevemente la historia de Mandelstan, de Stalin y ellos escuchan un tanto interesados y hablan de Siberia como si la conocieran y yo les digo cómo lo castigaron, qué decía el poema que casi un par de horas atrás emocionó a algunos cuantos en la Fundación.
Pero aun no llegamos cuando Pedro me dice: a ver, si es cierto que eres escritor, a ver, dime, tú como contarías la historia de un guey que ya tiene esposa, pero quiere andar con otra. Daniel se me queda viendo con demasiada atención. Esto es más difícil que ganarse un premio o salir bien de una tutoría. Me exigen una historia de ya. Entonces, fabulo. Y les cuento brevemente una historia sobre dos lavacoches en barranca del muerto y una mujer que se a metido en la mente de uno y que no al puede sacar por más carros que lava, y que trae el recuerdo de esa mujer en todas las llantas de los carros, y en todas las veces que mete la jerga a la tina con agua.
Cuando termino de contar la historia, de esos lavacoches, Daniel saca una pelota de tenis, una pelota sucia y me la entrega.
Es de un tenista acá, importante, nos la dio, nosotros también le lavamos su carro. Quédatela, te la regalamos. Y entonces se pierde la magia y volvemos a los albures y cuando me toca descender no lo alcanzo y desde el fondo del metrobus escucho el albur de Pedro diciendo que ya me baje, ándale carnal, ya bájate y los demás pasajeros nos escuchan entre divertidos y azorados. Mejor bájate tú, le digo y nada mas escucho las carcajadas de Pedro. Cuando salgo del metrobús la noche me sabe salada y cálida. Camino a casa voy rebotando la pelota contra la banqueta. Tiene un brillo de nieve, sabe por un momento a las palabras de Mandelstan: "¿Quién puede saber al oír la palabra «despedida» qué separación nos aguarda?"